Perder las batallas, ganar la guerra: la Mala Sangre de Swift y sus secuaces

Hace un par de semanas Taylor Swift rompía Youtube con el videoclip de su nuevo tema, Bad Blood, que cuenta con 124 millones de visualizaciones y subiendo. Un presupuesto de producción de Hollywood invertido en efectos digitales, vestuario dominatrix y un casting que reúne a la cúpula de divas del momento como las modelos Cara Delevingne, Karlie Kloss y Cindy Crawford, la escritora, directora, actriz y guionista Lena Dunham, y otras cantantes como Selena Gómez, Ellie Goulding o Hayley Williams.

El contexto es el de una empastación de códigos asumidos por la tradición del cine de acción y explosiones propios de la era digital que hace pensar en las peleas de las chicas de Tarantino en Kill Bill, los entrenamientos de Los Juegos del Hambre (Ross, 2012), o aún más en un Sucker Punch de 4 minutos (Snyder, 2011). Cindy Crawford dirige una escuela de entrenamiento de guerreras que, lideradas por una Swift cyborg, lucharán por la venganza contra una Selena Gómez malvada y su ejército de enmascaradas, (es curioso como el concepto de cyborg aparece cada vez más y aunque puede que de forma inconsciente, ligado a los nuevos discursos artísticos en torno a la problemática de género).

La indumentaria y actitud dominatrix es una constante en todos los personajes. Tacones de aguja, botas por encima de la rodilla, mucha licra, corsés e incluso un par de estilismos a lo Milla Jovovich en El Quinto Elemento (Besson, 1997). Acostumbrados a que esta estética represente un falso empoderamiento femenino, una objetualización sexual más del cuerpo femenino enmascarada, la ecuación no se resuelve de la misma forma al ausentarse la figura masculina casi por completo (relegada en este caso a un tercer plano), o ni siquiera una interacción sexualizada entre los personajes femeninos.

Como los corsés del modisto Jean Paul Gaultier, cuyas estructuras no agresivas con el cuerpo (de la mujer y del hombre, pues los ha hecho para ambos) y sus pechos puntiagudos resemantizan esta pieza tradicionalmente opresiva del armario femenino, el videoclip de Bad Blood le da la vuelta a los códigos. El resultado es un empoderamiento canalla y con sentido del humor. No es el lugar para elaborar una tesis compleja, es un videoclip pop, pero es síntoma evidente de todo lo que está teniendo lugar ahora alrededor del debate en torno al género. Y es significativo porque no lo está diciendo Grimes (1988), ni Lorde (1996), músicos (¿músicas?) de las que veo relevante apuntar su fecha de nacimiento, ni siquiera Laura Jane Grace, vocalista y guitarrista de Against Me!, banda de la que debería hablarse mucho más por crear el primer LP de punk dedicado enteramente a la problemática trans que ella experimenta en primera persona.

Swift, niña pródiga del country, se reconvirtió a un pop sin medias tintas desde hace ya dos larga duración. Ya desde entonces pasó a ser apodada por los medios como la anti-Britney. Y es que pertenece a una generación de jóvenes mujeres, célebres en sus respectivos campos artísticos por demostrar una madurez inédita en este perfil de personaje, si atendemos a los excesos de las Britneys, las Lindsay y las Rihannas. Aquella, una generación que pierde lentamente carisma por no adaptarse a las nuevos estándares de espontaneidad y madurez que ha traído la era 2.0 (aunque la marca Rihanna experimenta un nuevo camino de regeneración que el tiempo dirá si da resultado).

Además esta nueva generación de chicas artistas y centradas ha traído una escandalosa moda para la prensa femenina: la valentía de autodenominarse feministas. Swift dudó al principio, pasó de rechazar el término para después abrazarlo reconociendo que no había comprendido realmente lo que significaba. Y aunque esta tendencia ha remachado la despolitización del feminismo culminada por el colectivo Femen, ha creado para el mismo un bonito escaparate que está aportando a la lucha por la igualdad entre sexos (y géneros) una visibilidad y una publicidad desconocida hasta entonces.

Lena Dunham dio al mundo la primera temporada de Girls, la renovación necesaria de la ficción televisiva de mujeres en boca de la HBO. Delvinge y Crawford tomaron parte activa pancarta y megáfono en mano, en la manifestación feminista de Chanel, uno de los números de Karl Lagerfeld en el que éste se valía de la iconografía de reivindicación a falta de un contenido real, como presentación, eso sí, de una elecuente colección de prêt-à-porter. Emma Watson (no presente en el video, no nos confundamos que no es su estilo) es embajadora de la ONU para el proyecto HeForShe. Son sólo algunos ejemplos sonados de este fenómeno que acumuló titulares en la prensa femenina durante 2014.

Según este Bad Blood entramos en una nueva fase inexplorada de empoderamiento femenino en el que la alianza entre sujetos, tal vez para algunos sólo entre mujeres, es la clave. Algo tiene que ver con la tercera ola feminista, algo. Pero más aún con Madonna, con los tacones de aguja y los corsés de Jean Paul Gaultier y con un pelirrojo furia. Las brujas del medievo calzan ahora kalashnikovs y los hombres brillan por su ausencia. Quedamos a la expectativa de cómo se desarrolla este escenario de guerra en el lado comercial de la regeneración de la discusión por la igualdad.

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